lunes, 31 de diciembre de 2012

¡Gracias 2012 y Bienvenido 2013!


Ya te vas para no volver, querido 2012; te vas y una delicada melancolía me envuelve, quiero despedirme de vos diciéndote gracias por las muchas personas que conocí y que han ampliado mi visión del mundo, que me han permitido compartir parte de sus lágrimas y risas, que me dieron una idea de sus vidas y que me enseñaron que la bondad todavía abunda en éste, nuestro mundo.
Gracias 2012 por lo mucho que he disfrutado del viaje, fuiste un año fantástico. Me regalaste miles de amigos que son los que realmente me han mantenido blogueando.
Su constante apoyo, el aliento de mis seguidores... que se detuvieran e hicieran un comentario... ellos han hecho de esto una experiencia increíble. Nunca imaginé que llegaría a encontrar a tantas personas maravillosas alrededor del mundo con las que compartiría anhelos, sentimientos, pasiones y sueños.
Ahora, ya falta muy poco, mil fuegos de artificio alegran el cielo. Querido 2013, estás naciendo lleno de enigmas... ¡bienvenido seas con todas tus esperanzas y promesas!
Cambio de año, quizás cambiaré de sueños y objetivos pero espero nunca cambiar de amigos. Adiós para siempre 2012, gracias por todo pero especialmente gracias por permitirme conocer a toda esa gente amable que ha viajado conmigo.    ღღ

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lunes, 24 de diciembre de 2012

"Querido Papá Noel..."


Con ilusión y fe ciega le escribía yo la cartita a Papá Noel, le contaba que me había portado muy bien, agradecía su bondad y luego pedía el juguete anhelado. Los días previos a Nochebuena todo era alegría, diversión y expectativa hasta que esa gran noche mi mamá decía: "bueno, ahora a dormir porque si no... Papá Noel, no viene". Santa palabra; a dormir o, mejor dicho, a tratar de dormir, porque la expectativa me mantenía despierta hasta bastante tarde.
Yo quería ver llegar por un camino de estrellas a ese ser mágico que llegaba tocando campanitas, cargado de regalos en un trineo tirado por renos cuyo jefe es Rodolfo y alumbra el camino con su nariz roja y brillante... pero, para ese entonces, yo ya me había quedado dormida. Pero al día siguiente... ¡con qué gran felicidad me despertaba! Eran días maravillosos. Mucha agua pasó bajo el puente de aquellas noches donde sentí el roce de la felicidad, el tiempo ha pasado y yo crecí (quizás demasiado) pero aún cada Nochebuena todos los niños del mundo esperan ansiosos la llegada de ese ser de fantasía que trae regalos desde un más allá misterioso. En algunos países dicen que entra por la ventana, en otros por la chimenea pero la ceremonia de los regalos al pie del arbolito se repite en buena parte del mundo.


La historia de este ser fantástico y generoso toma distintos nombres. En el norte del continente americano se lo llama Santa Claus. En Europa se lo conoce como Sinterklaas, Babbo Natale, Père Noël, Viejito Pascuero... y así según el país de que se trate. En Argentina lo conocemos como Papá Noel y tiene características bien reconocibles. Es gordo, de barba blanca, va vestido de rojo y lleva un gorro también rojo. ¿Pero cuál es la historia detrás de este legendario personaje que vive en el Polo Norte y distribuye regalos entre niños de todo el mundo?
San Nicolás de Bari existió. Nació cerca del año 280 en Patara, en la actual Turquía en una familia muy rica. Cuando sus padres fallecieron, en manos de una peste, decidió donar todas sus riquezas a la gente de su pueblo y, con apenas 19 años, fue ordenado sacerdote. Se destacó siempre por sus bondades con la gente pobre y su especial cariño por los niños a quienes solía obsequiar regalos y dulces. Tal fue la admiración que despertó que se convirtió en santo patrón de Grecia, Turquía, Rusia y la Lorena. Falleció el 6 de diciembre de 345, sus restos descansan en la ciudad italiana de Bari y su leyenda se extendió por todo el Orbe.


Pero el pasaje del santo al personaje se dio del escritor Washington Irving, quien, en 1809 escribió una sátira, Historia de Nueva York, que tenía como protagonista a Santa Claus. Luego, en 1823, el poeta Clement Clarke Moore publicó un poema donde se hace mención de una versión de Santa Claus, enano y delgado, como un duende; que regala juguetes a los niños en víspera de Navidad y que se transporta en un trineo tirado por nueve renos. Un tiempo más tarde, hacia 1863, se terminó de forjar el prototipo actual de un señor gordo y barbudo. Esto fue gracias al dibujante alemán Thomas Nast, quien diseñó este personaje para sus tiras navideñas en la revista Harper's Weekly. Se cree que Nast se inspiró en las vestimentas de los obispos de viejas épocas para crear este San Nicolás. Ya en el siglo XX, la empresa Coca-Cola encargó al pintor Haddon Sundblom que rediseñara la figura de este hombre regordete de barba blanca y pipa y se convirtió en ícono. Sundblom le dio la forma definitiva a la vieja leyenda de San Nicolás creando el personaje más formidable de la publicidad y que sirvió para terminar de popularizar una versión más humanizada de este adorable personaje. Desde entonces Papá Noel es una ilusión que sostenemos año a año.


...Ya es medianoche, el Niño Jesús ha nacido y está sonriendo en el pesebre, es momento de encuentro y alegría. Jesús es el regalo que nos hace el Cielo, y todos los niños del mundo lo representan. Por eso Papá Noel -que los observó durante todo el año con un telescopio- cada 25 de diciembre les deja un regalito como gesto de amor, esperanza y bondad.
Queridos amigos, colorín colorado, esta historia ha terminado. Desde la dimensión mágica les envío mi sincero deseo de que el espíritu navideño los ilumine y que la alegría permanezca por siempre en nuestros corazones. ¡Feliz Navidad!

viernes, 21 de diciembre de 2012

¡Viva el Verano!


Como un retazo del paraíso
 con intensos colores y matices,
 llega la estación maravillosa;
 es tiempo de rosas,
 margaritas y mariposas.

El verano nos invita
 a recorrer senderos encantados,
 a comer torre de cosas ricas
 y luego en carnaval,
 a jugar a las bombitas.

A reir, a ser feliz,
 a dar mil vueltas en bici,
 a perseguir arco iris rosados,
 y por la orilla del mar,
 caminar tomados de las manos.

Es tiempo de mirar al cielo
 y tener sueños mágicos,
con su cesta llena de pétalos
 el verano flota en la ilusión.

Caminando por la orilla
 de un mar de esmeraldas
 encontraré mi talismán
 y en silencio
 escucharé el rumor del mar. 

Remolinos de arena
 traerán alguna tarde de lluvia,
 iremos al cine, a andar a caballo,
 contaremos anécdotas delirantes...
 en fin, viviremos la plenitud del instante.

La vida ya lo anuncia
 a los cuatro vientos,
muy felices lo cantan los pájaros
 en aquel árbol frondoso:
 ¡otra vez vibrante y divertido
 llegó el verano maravilloso!

Carolina L. Haus

lunes, 17 de diciembre de 2012

Charles Dickens, el Apóstol de la Navidad

Charles Dickens en su estudio

El escritor inglés nació el 7 de febrero de 1812 en Landport, Portsmouth. Su padre era un empleado de pagaduría de la Armada con cierta vocación errante y poco olfato para las finanzas y, aunque era un hijo de la clase media, el padre se pasó la vida de deuda en deuda y toda su familia padeció prisión en 1824 justamente por eso: por no pagar sus deudas. Todos excepto Charles, que a sus doce años ya estaba trabajando en una fábrica etiquetando tarros de betún.
La enorme miseria de estos años dejó una honda huella en su personalidad de escritor y eso se reflejará posteriormente en alguna de sus obras más conocidas como David Copperfield y Oliver Twist, novelas enormes y serias que relatan las vidas tremendas que llevaban los chicos proletarios en la Inglaterra victoriana.

Casi autobiográfica, David Copperfield

Durante 1824 y 1827 Charles asistió a una escuela en Londres, pero su formación es básicamente autodidacta. A los quince años encontró un empleo como pasante en el despacho de un abogado, y por las noches estudiaba taquigrafía, en la búsqueda afanosa por lograr una posición más estable que lograra alejarlo de la precariedad que sufrió en su infancia. Esta experiencia le resultó útil para trabajar como reportero taquígrafo en los debates parlamentarios y posteriormente en un periódico.
Por esta misma época inició una relación sentimental con María Beadnell, hija de un banquero, pero su amor siempre permaneció en penumbras porque la familia de ella censuraba la relación. Dickens no era un partido digno para su hija pero la relación continuó de manera epistolar aún cuando ambos ya estaban casados. Veintitres años después, Dickens y María se reencontraron pero fue tal la decepción de Charles al ver a la que otrora fuera su gran amor de juventud que lo inspiró para componer el despiadado personaje de Flora, en La pequeña Dorrit.

Sátira sobre la incompetencia y la hipocresía
de la sociedad victoriana

Pero, al margen de esta decepción, el año 1833 trajo los primeros éxitos profesionales a Dickens. Adoptó el seudónimo de "Boz" y comenzó a escribir breves crónicas sobre el viejo Londres con agudo espíritu crítico. En 1836 publicó la primera serie de historietas bajo el título de Sketches by Boz y ese mismo año fue contratado para acompañar con textos breves las ilustraciones de un famoso artista, Robert Seymour, sobre el mundo del deporte. Al poco tiempo, el dibujante se suicidó, pero se decide continuar con el proyecto. Dickens debe hacer una recreación festiva del deporte: a través de dos personajes, Pickwick y su criado Sam Weller, logró un inesperado interés del público por la novela, que se publicó por entregas mensuales. El éxito de ventas logrado pone a Dickens en un lugar privilegiado y su popularidad es incuestionable: es el admirado autor de Los Papeles Póstumos del Club Pickwick.
Ese mismo año gracias a la incipiente prosperidad contrajo matrimonio con Catherine Hogarth. El sistema de publicación mensual que se había puesto en marcha con Pickwick supuso una gran innovación en el comercio del libro, y pronto fue adoptado por otras editoriales. El abaratamiento de los costos incrementó el número de lectores, la clase media accedió mayoritariamente a la lectura y este hecho hizo aumentar la popularidad de los escritores. Dickens, con su enorme caudal de energía, comenzó a escribir novelas de creciente complejidad. En 1837 empezaron a publicarse por entregas Las Aventuras de Oliver Twist, hasta 1839 donde dibuja una sociedad falta de amor y la monstruosidad del crimen como enfermedad violenta del hombre.

Pequeño huérfano, Oliver Twist

El año 1838 trae el inicio de Las Aventuras de Nicholas Nickleby, sátira social acerca de la mala educación y la explotación de la infancia (sin duda, con ecos autobiográficos). Las entregas de Almacén de Antigüedades comenzaron en 1840; el personaje de la pequeña Nell -trasunto literario de Mary Hogarth, su cuñada, a la que Dickens adoraba y vio morir en 1837- causó una profunda conmoción en el público de la época por su patetismo. Barnaby Rudge (1841) es una novela histórica, algo más rutinaria. Por estos años, Charles Dickens era ya un reconocido escritor y su éxito económico, un hecho.
En 1842 embarca rumbo a Canadá y Estados Unidos para impartir una serie de conferencias y seminarios sobre los derechos de autor, en contra de la rapiña editorial que tanto afectaba a su obra y, sobre su firme apoyo a la abolición de la esclavitud.
Las Notas Americanas que publicó en este año irritaron al público americano (por ejemplo, Dickens manifestaba abiertamente su desagrado ante la costumbre americana de mascar tabaco y escupirlo). La aparición de Martin Chuzzlewit que presenta un no muy favorable retrato de la sociedad norteamericana, no mejoró la impresión del público.

Brillante, Nicholas Nickleby

Pero por fin en diciembre de 1843 se publicó la novela que cautivó e inspiró a millones de personas en todo el mundo: Canción de Navidad, el primero de los libros de temática navideña; la mezcla de sentimentalismo con crítica social y elementos sobrenaturales resultó ser una fórmula de enorme aceptación popular que produjo también cambios en el alma misma del autor. Dickens escribió sobre la clase de Navidad que él amaba: alegres fiestas familiares, con ramos de muérdago colgados de los techos, animados villancicos, juegos, danzas y regalos; deliciosos guisos de ganso asado, budín de ciruela y pancitos recién salidos del horno, todo eso disfrutado frente a un enorme leño encendido; en fin, el júbilo de la temporada que tanto quería cautivó su corazón y su alma. Canción de Navidad se tornó una labor amorosa.
Cada vez que mojaba la pluma de ave en el tintero, los personajes parecían cobrar vida mágicamente: el pequeño Tim con sus muletas; el viejo Scrooge encogido de miedo ante los fantasmas o Bob Cratchit, exultante de alegría navideña aún en medio de la pobreza.
Cada mañana, Dickens despertaba más entusiasmado y ansioso de empezar su trabajo del día. "Estaba muy emocionado con el librito, me resistía a dejar de escribir, aunque fuera un momento". Dickens mismo se ocupó del diseño del libro y por fin el 2 de diciembre, el novelista dio por concluida su obra y envió el manuscrito a los impresores. El 17 de diciembre recibió encantado sus ejemplares de autor. Jamás dudó de que Canción de Navidad gozaría de gran popularidad pero ni él ni su editor previeron la abrumadora respuesta del público lector, el cálido mensaje del librito se difundió sin parar. "En cada entrega del correo recibía toda clase de mensajes de personas desconocidas; toda clase de cartas en las que hablaban de sus hogares y de sus chimeneas; de cómo la obra era leída ahí en voz alta y de que Canción de Navidad se conservaba en un lugar de honor, en una pequeña repisa".
Refiriéndose a esta obra, el novelista William Makepeace Thackeray opinó: "La considero un beneficio para la nación, y una gentileza personal para cada hombre o mujer que la lea".

En una fría noche de Navidad en Londres...

Si bien Dickens escribió después muchos libros y obras de teatro que tuvieron buen recibimiento del público -entre ellos, Tiempos Difíciles, Historia de Dos Ciudades, Grandes Esperanzas, y David Copperfield, emotiva novela gran contenido autobiográfico-, jamás ninguno igualaría la complacencia que obtuvo con la universalmente apreciada Canción de Navidad.
Cuando murió, en 1870, se preguntaban los niños de Londres "¿Murió Dickens? Entonces, ¿Papá Noel morirá también?".
En gran medida, Dickens popularizó muchas de las costumbres navideñas que hoy celebramos. Las concurridas reuniones familiares, el intercambio de regalitos, las comidas, las bebidas, la alegría de la temporada y hasta la frase "¡Feliz Navidad!" se popularizaron gracias a esta obra.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Anita, la Huerfanita

Inolvidable Annie

En este mes especial de los niños decidí dar un paseo por El Reino de la Fantasía y la Infancia y tuve la suerte de encontrarme con la pequeña Annie, aquella encantadora pelirroja que tocó mi corazón y me tuvo durante bastante tiempo cantando la legendaria Tomorrow. Recuerdo que "Annie" causó furor, nadie pudo quedar indiferente ante su candorosa presencia y su voz potente y conmovedora. Además, la historia es perfecta, justo al estilo Dickens, como a mí tanto me gusta. 
En un mundo corrupto, en plena época gris de la Gran Depresión, Annie es elegida por la asistente del millonario "Daddy" Warbucks para pasar una semana en la mansión del millonario. Al principio al señor Warbucks le parece un estorbo, sólo desea figurar en la prensa y nada más; pero poco a poco, viendo lo optimista y dulce que Annie es, se va encariñando con la pequeña quien todavía está muy esperanzada buscando a sus padres porque ignora que ellos fallecieron en un incendio, años atrás. 
El señor Warbucks decide ayudarla a encontrarlos y para eso ofrece una buena recompensa, lo que despertó la codicia de los estafadores Rooster y Lily y de la cruel dueña del deprimente orfanato, señorita Hannigan y hermana de Rooster.  
-"Sí señor, mañana" dice Annie y conmueve observar el abanico de posibilidades que se abren frente a ella. Anita está llena de esperanzas, de fe, de sueños y alegría y treinta años después de haberla visto en todos los formatos disponibles, la historia me sigue cautivando. Ella pudo cambiar el curso del más oscuro período de su vida y su mensaje continúa vivo. -"Mañana" dice Annie, y enseguida nos habita la Esperanza. 

sábado, 8 de diciembre de 2012

Flores de Felicidad, Recuerdos de Sol y Terciopelo

El afecto siempre es un buen regalo y a pocos días de celebrar la Navidad admirados artistas y amigos han perfumado mi espacio otra vez. Llegaron sus flores y regalos trayendo el brillo de la pasión que ponen en todo lo que hacen; por eso es un placer presentarles (como siempre, por orden de llegada) a:

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La sugestiva poesía de Cristina que emana un delicado Perfume de Rosas y su palabra es como terciopelo envolvente; posee un significado emocional hondo, sensual e irresistible.

¡Gracias Cristina!

Las Pinturas de Lucia, son la viva imagen de un corazón cálido que sabe transmitir fantasía y ternura. Es muy claro que brinda con su arte la inocencia de la niña que aún vive en su corazón.

¡Gracias Lucia!

Desde Grecia, el país de los dioses olímpicos, me provoca alegría recibir el detalle que me envió el señor Yannis Politopoulos, educador y poeta, y se lo agradezco mucho. (Misterio: no lo pude ubicar en el centro).

Coming to
a beautiful
r ose garden
o f education with no
l imits but only with the
i nnocent and deep
n umber of
a ny great faith to the art

Oh, lalá! agradezco a Mildred, talentosa fotógrafa, quien -a veces en clave de humor, ya sea en blanco y negro, ya sea en color- eterniza momentos únicos que de otro modo desaparecerían en un instante.

¡Gracias Mildred!

Desde su brillante castillo de diamantes y música ubicado en el Reino de España, la hermosa princesa Paola me envía también su agradable atención.

¡Gracias Paola!

La exitosa escritora, señora Maria Alice Cerqueira, me brinda esta tiernísima imagen del Pesebre Navideño y me encanta.

¡Gracias Maria Alice!

Como desde hace tres años, éste también ha sido precioso con la compañía de todos quienes dejan aquí su saludo o comentario; he recibido permanentes muestras de afecto, y eso es para mí como una especie de flores de la felicidad que ustedes me obsequian. Por eso hoy, a las puertas de la Navidad, quiero enviarles un millón de gracias a cada uno de ustedes y también a bixen, un nuevo comentarista, con quien no tengo otra vía de agradecerle sino ésta por sus interesantes aportes. ¡Un abrazo!

¡Gracias Bixen!

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viernes, 7 de diciembre de 2012

San Pedro del Vaticano

Basílica de San Pedro, símbolo de la Iglesia Católica

El mayor templo de la cristiandad se encuentra emplazado al final de un camino que los peregrinos siguen recorriendo casi 2.000 años después de su construcción; sin embargo, su aspecto actual no tiene nada que ver con el de la primitiva basílica paleocristiana. A principios del siglo XVI, el papa Julio II encargó al arquitecto Bramante la construcción de una nueva iglesia que reemplazara a la antigua basílica y que mostrara al mundo el poder y esplendor de la nueva Roma y de los papas que habían superado el exilio de Avignon. La basílica se demolió completamente entre 1505 y 1613, aunque hoy, gracias las crónicas, los dibujos y las excavaciones arqueológicas, podemos conocer bastante bien su primitivo aspecto y la historia de su construcción.

Visión Nocturna de la Basílica

 La Basílica de Constantino

Hacia el año 320, se desconoce la fecha con exactitud, el emperador Constantino decidió construir una enorme basílica que sirviera para alojar el relicario de San Pedro, el primer Papa, y para que pudieran acudir a venerarlo miles de peregrinos.
El espacio elegido para su ubicación fue la colina Vaticana, en el lugar donde había estado situado un circo de Nerón en el que fueron sacrificados numerosos cristianos y, sobre todo, en el emplazamiento en que, según la tradición, fue clavada la cruz en la que se martirizó al apóstol. La ladera de la colina se allanó y el vasto solar resultante fue totalmente ocupado por la basílica cuya longitud interior era de 119 m, la nave central tenía 90 m de largo y 64 de ancho. A pesar de estas medidas, las obras avanzaron con gran rapidez, y se sabe que en el año 329 el edificio ya estaba terminado.

Tumba de San Pedro

Además de un lugar para celebrar la misa, también era un martyrium y un cementerio, porque numerosos creyentes querían ser enterrados cerca del apóstol. Esta triple función determinó la singular planta del templo. Estaba dividido en cinco naves, la central más alta y más ancha que las laterales, pero en vez de estar rematadas con ábsides, tenían otro cuerpo transversal, una especie de crucero primitivo, algo totalmente inusual en las plantas basilicales. A este cuerpo se accedía a través de un arco triunfal que lo separaba de la nave central, y en él se albergaba la "memoria" del apóstol, es decir las reliquias. Éstas estaban guardadas en un monumento rodeado por una barandilla de bronce y cubierto con un baldaquino.

Baldaquino de San Pedro

A la iglesia se accedía a través de un nártex, similar al de todos los templos paleocristianos. Delante de él había un gran atrio porticado, en cuyo centro estaba el cantharus, una fuente de bronce con forma de piña (del siglo II), protegida bajo un dosel espléndidamente adornado con columnas y relieves.

El Proyecto de Bramante

Como mencioné en el inicio, a principios del siglo XVI, Donato Bramante se hizo cargo de la demolición de esta magnífica basílica paleocristiana pese a las numerosas voces que se levantaron en su contra, y diseñó un nuevo templo. Sin embargo, el proyecto nunca se llevó a cabo tal como él lo concibió, ya que murió mucho antes de que las obras estuvieran terminadas; la dirección pasó por muchas manos hasta acabar en las de Miguel Ángel.
De nuevo hay que recurrir a los dibujos para saber cómo fue el diseño original. Gracias a un plano sobre pergamino que se conserva en la Galería de los Uffizi de Florencia y a una medalla conmemorativa que mandó fundir Julio II el año 1506, sabemos que Bramante ideó un templo de gran simetría, como era lógico en época renacentista, de planta cuadrada, con una gran cúpula central y portadas en las cuatro fachadas; sobre cada una de ellas habría una cúpula, con lo que, contando con la central, serían cinco en total.

Tumba de Juan Pablo II
 
Esta tipología recuerda bastante a la de las iglesias bizantinas, que el arquitecto tuvo que conocer en el norte de Italia. Parece como si, al plantearse el diseño del templo más grande de la cristiandad, hubiera vuelto sus ojos hacia Santa Sofía de Constantinopla. Y aunque nunca llegó a realizarse tal como estaba pensado, numerosos arquitectos menores adoptaron este modelo para proyectar pequeñas iglesias en la campiña romana.
Las obras comenzaron por la parte posterior del primitivo templo. Julio II permitió al arquitecto derribar todo lo que fuera necesario, con una excepción, le prohibió tocar la parte central, el lugar donde estaban las reliquias del santo rodeadas por una barandilla. Así que Bramante empezó a colocar los cimientos de los grandes pilares que habrían de sujetar la cúpula alrededor de esa barandilla. Todo lo demás fue destruido sin el menor respeto -los antiguos mosaicos paleocristianos, las pinturas de Giotto y de otros artistas del Quattrocento-, y lo que se salvó fue almacenado sin orden en los sótanos del Vaticano. Esta destrucción de tantas obras de arte provocó una fuerte oposición contra Bramante;  dijeron de él "hubiera destruido a Roma entera y el Universo si hubiese podido".

Rafael, Sangallo y Miguel Ángel.

A la muerte de Bramante, muy poco estaba hecho. Las obras pasaron a la dirección del joven Rafael, considerado como el más fiel seguidor del proyecto original, porque había comenzado su carrera en Roma, bajo la protección del difunto maestro. Sin embargo, no consiguió avanzar mucho en los trabajos y a su muerte fue sucedido por Antonio da Sangallo el Joven, también discípulo de Bramante, del que adoptó su sobriedad. Él tampoco llegó a hacer grandes avances y, finalmente, a su muerte en el año 1546, el papa Paulo III decidió encomendar las obras al genio de Miguel Ángel pese a que éste, según cuenta su biógrafo Vasari "... rehusó diciendo, para excusarse de esta carga, que no era su arte el de la arquitectura. Finalmente, no admitiendo sus escrúpulos, el Papa le mandó que la aceptase, por lo que, muy contra su voluntad, tuvo que entrar en aquella empresa..."

Nave Central de la Basílica
 
Miguel Ángel suprimió numerosos detalles del proyecto bramantesco, sobre todo multitud de torres y torrecitas que iban a enmascarar la cúpula y a restar sencillez a la iglesia, acercándola aún más al estilo bizantino o al gótico. También simplificó la planta, eliminando cualquier elemento accesorio que pudiera debilitar la construcción, sobre todo pórticos y aberturas que reducían la resistencia del muro. Y, fundamentalmente, lo que hizo fue dar mayor altura a la cúpula, deseoso de levantar una similar a la de la catedral de Florencia, aunque, según sus propias palabras, tenía claro que podría hacer "una cúpula más grande pero no más bella" que la de Brunelleschi. La cúpula llegó a ser el símbolo del Vaticano; su colosal altura de 131m domina todo el edificio.
Cuando el maestro murió (1564), su discípulo predilecto, Giacomo della Porta, continuó las obras, detenidas en el arranque de la cúpula, siguiendo al pie de la letra los detallados planos de Miguel Ángel. Únicamente alteró la linterna superior, enriqueciéndola y complicándola, al gusto del naciente estilo barroco. Este remate completa a la perfección la cúpula, convertida en modelo fundamental durante los siglos XVII y XVIII.

Cátedra de San Pedro
 
La fachada también fue obra de Miguel Ángel, que modificó la de Bramante por considerar que estaba llena de pórticos y galerías que restaban sobriedad y clasicismo al edificio. Dispuso un ático horizontal de gran sencillez, ciñendo todo el conjunto en su parte superior; estaba sujeto por enormes pilastras corintias, entre las que se abrían ventanas y balcones. Sin embargo, tampoco tuvo tiempo de llevar a término estas ideas.

La aportación barroca

A principios del siglo XVII, ya en pleno barroco, la iglesia todavía no estaba terminada. Paulo V decidió que debía ser un templo con gran capacidad para los peregrinos, por lo que encargó a Carlo Maderna que prolongara el brazo principal de la cruz para configurar una planta de cruz latina. Este arquitecto, muy respetuoso con la obra de Miguel Ángel, alargó el pórtico con tres naves de escasa longitud, para que en el exterior no se perdiera la perspectiva de la cúpula. También se encargó de la fachada, concibiéndola como si se tratara de la entrada a un templo romano. En ella predomina la horizontalidad: el muro desaparece por la colocación de columnas y pilastras pareadas flanqueando las puertas de acceso. Sobre el entablamento dispuso el ático de Miguel Ángel, algo muy típico de la arquitectura manierista, dentro del cual embutió el frontón triangular de la entrada.

La Basílica abre sus brazos para recibir a emocionadas multitudes

En 1629, el grueso del edificio ya estaba construido; se encargó de rematarlo el nuevo arquitecto de San Pedro, Gianlorenzo Bernini. Realizó innumerables estatuas para adornar tanto el interior como el exterior y diseñó el altar mayor y el baldaquino sobre la tumba de San Pedro, justo debajo de la cúpula. Este baldaquino está sujeto por cuatro gigantescas columnas salomónicas decoradas con vides, símbolo de la eucaristía, y abejas alusivas a la familia Barberini a la que pertenecía el Papa que lo encargó.
Más tarde urbanizó la plaza de acceso al templo, realizando una de las obras más características del barroco romano. A partir de la fachada se extienden dos tramos rectos, desde los que se abre un espacio elíptico, que en realidad es un impresionante deambulatorio con 296 columnas de diferentes órdenes, que sostienen 140 estatuas de santos. Bernini consiguió con esta disposición llenar de significado a la plaza: parece que ésta abre sus brazos para acoger a los peregrinos que de todas partes del mundo llegaban y siguen llegando para visitar el centro de la cristiandad.