Con ilusión y fe ciega le escribía yo la cartita a Papá Noel, le contaba que me había portado muy bien, agradecía su bondad y luego pedía el juguete anhelado. Los días previos a Nochebuena todo era alegría, diversión y expectativa hasta que esa gran noche mi mamá decía: "bueno, ahora a dormir porque si no... Papá Noel, no viene". Santa palabra; a dormir o, mejor dicho, a tratar de dormir, porque la expectativa me mantenía despierta hasta bastante tarde.
Yo quería ver llegar por un camino de estrellas a ese ser mágico que llegaba tocando campanitas, cargado de regalos en un trineo tirado por renos cuyo jefe es Rodolfo y alumbra el camino con su nariz roja y brillante... pero, para ese entonces, yo ya me había quedado dormida. Pero al día siguiente... ¡con qué gran felicidad me despertaba! Eran días maravillosos. Mucha agua pasó bajo el puente de aquellas noches donde sentí el roce de la felicidad, el tiempo ha pasado y yo crecí (quizás demasiado) pero aún cada Nochebuena todos los niños del mundo esperan ansiosos la llegada de ese ser de fantasía que trae regalos desde un más allá misterioso. En algunos países dicen que entra por la ventana, en otros por la chimenea pero la ceremonia de los regalos al pie del arbolito se repite en buena parte del mundo.
La historia de este ser fantástico y generoso toma distintos nombres. En el norte del continente americano se lo llama Santa Claus. En Europa se lo conoce como Sinterklaas, Babbo Natale, Père Noël, Viejito Pascuero... y así según el país de que se trate. En Argentina lo conocemos como Papá Noel y tiene características bien reconocibles. Es gordo, de barba blanca, va vestido de rojo y lleva un gorro también rojo. ¿Pero cuál es la historia detrás de este legendario personaje que vive en el Polo Norte y distribuye regalos entre niños de todo el mundo?
San Nicolás de Bari existió. Nació cerca del año 280 en Patara, en la actual Turquía en una familia muy rica. Cuando sus padres fallecieron, en manos de una peste, decidió donar todas sus riquezas a la gente de su pueblo y, con apenas 19 años, fue ordenado sacerdote. Se destacó siempre por sus bondades con la gente pobre y su especial cariño por los niños a quienes solía obsequiar regalos y dulces. Tal fue la admiración que despertó que se convirtió en santo patrón de Grecia, Turquía, Rusia y la Lorena. Falleció el 6 de diciembre de 345, sus restos descansan en la ciudad italiana de Bari y su leyenda se extendió por todo el Orbe.
Pero el pasaje del santo al personaje se dio del escritor Washington Irving, quien, en 1809 escribió una sátira, Historia de Nueva York, que tenía como protagonista a Santa Claus. Luego, en 1823, el poeta Clement Clarke Moore publicó un poema donde se hace mención de una versión de Santa Claus, enano y delgado, como un duende; que regala juguetes a los niños en víspera de Navidad y que se transporta en un trineo tirado por nueve renos. Un tiempo más tarde, hacia 1863, se terminó de forjar el prototipo actual de un señor gordo y barbudo. Esto fue gracias al dibujante alemán Thomas Nast, quien diseñó este personaje para sus tiras navideñas en la revista Harper's Weekly. Se cree que Nast se inspiró en las vestimentas de los obispos de viejas épocas para crear este San Nicolás.
Ya en el siglo XX, la empresa Coca-Cola encargó al pintor Haddon Sundblom que rediseñara la figura de este hombre regordete de barba blanca y pipa y se convirtió en ícono. Sundblom le dio la forma definitiva a la vieja leyenda de San Nicolás creando el personaje más formidable de la publicidad y que sirvió para terminar de popularizar una versión más humanizada de este adorable personaje. Desde entonces Papá Noel es una ilusión que sostenemos año a año.
...Ya es medianoche, el Niño Jesús ha nacido y está sonriendo en el pesebre, es momento de encuentro y alegría. Jesús es el regalo que nos hace el Cielo, y todos los niños del mundo lo representan. Por eso Papá Noel -que los observó durante todo el año con un telescopio- cada 25 de diciembre les deja un regalito como gesto de amor, esperanza y bondad.
Queridos amigos, colorín colorado, esta historia ha terminado. Desde la dimensión mágica les envío mi sincero deseo de que el espíritu navideño los ilumine y que la alegría permanezca por siempre en nuestros corazones. ¡Feliz Navidad!

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