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| Juana Azurduy, Flor del Alto Perú |
Muchas fueron las mujeres que colaboraron en los revolucionarios días de Mayo y enriquecieron nuestra historia pero quizás fue Juana Azurduy, heroína de mil batallas, quien removió convencionalismos ancestrales y se sumó a la lucha por la independencia. Su historia es digna de ser contada porque en su valerosa cruzada lo fue perdiendo todo, su casa, su tierra y cuatro de sus cinco hijos -Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes-. Esta mujer maravillosa de una audacia sin límites nació en Chuquisaca, en la actual Bolivia, el 12 de junio de 1780 mientras estallaba y se expandía la rebelión de Tupac Amarú. Su familia gozaba de un buen pasar y pensó para ella un tranquilo destino de monja, pero fue expulsada del convento de Santa Teresa por su irreductible conducta altiva. Afuera la esperaban la lucha y el amor.
Su dominio de las lenguas quechua y aymará facilitó sus estrechas relaciones con indios y campesinos y de regreso a su tierra natal, entró en contacto con grupos de familias que simpatizaban con la causa indígena y habían apoyado las rebeliones de 1784 en el Alto Perú. Juana se casó con Manuel Ascencio Padilla, que pertenecía a una de ellas. A través de su marido, que había estudiado en Chuquisaca, conoció el pensamiento ilustrado y las ideas de hombres que ocuparían lugares destacados como Moreno y Monteagudo.
Luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, comenzó la Guerra de las Republiquetas, en el nordeste de Bolivia. Durante este lapso el cacique Juan Huallparrimachi, músico y poeta descendiente de incas, se convirtió en su lugarteniente. A sangre y fuego, en marzo de 1814, Padilla y Azurduy vencieron a los realistas en Tarvita y Pomabamba. El jefe de ejército español, Joaquín de la Pezuela, persiguió a la pareja y las tropas revolucionarias se separaron; mientras Padilla se encaminó hacia La Laguna, Juana Azurduy se internó en una zona de pantanos. Fue terrible, cuatro de sus hijos enfermaron y murieron.
A la muerte de su marido, en 1816, se unió a los ejércitos de Martín Miguel de Güemes y acosó a los españoles con la guerra de guerrillas. Con sus tropas apoyó al Ejército del Norte y se ganó la admiración de quienes la conocieron. Entre otros, la del General Manuel Belgrano, que le obsequió su sable como símbolo de reconocimiento. Por su parte, Martín Miguel de Güemes -"Padre de los Pobres"- confirió a Juana, previa autorización del director supremo Juan Martín de Pueyrredón, el título de Teniente Coronel, con derecho al uso del uniforme y privilegios del rango. La medida fue adoptada en mérito a su valiente desempeño entre las tropas comandadas por el Gobernador de Salta.
En junio de 1821, cuando Güemes fue asesinado a traición, decidió volver a su tierra y se retiró de la vida militar. Estaba en Chuquisaca con su querida hija Luisa y su nieta Cesárea una tarde de noviembre de 1825, año en que se declaró la independencia de Bolivia, cuando llaman a la puerta: era Simón Bolívar, que quería tener el honor de conocerla. Se fundieron en un abrazo profundo. Bolívar le concedió una pensión vitalicia de 60 pesos, y luego fue aumentada por el Presidente Mariscal Antonio José de Sucre. El 25 de mayo de 1862, doña Juana Azurduy, quien lo dio literalmente todo por la independencia de esta parte de América, falleció en su humilde hogar de Chuquisaca, pero no estaba sola, a su lado estaban su hija, su nieta y su enorme dignidad.
Félix Luna y Ariel Ramírez compusieron una cueca sensacional dedicada especialmente a ella, y que inmortalizó la querida voz de Mercedes Sosa:





























