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| Basílica de San Pedro, símbolo de la Iglesia Católica |
El mayor templo de la cristiandad se encuentra emplazado al final de un camino que los peregrinos siguen recorriendo casi 2.000 años después de su construcción; sin embargo, su aspecto actual no tiene nada que ver con el de la primitiva basílica paleocristiana. A principios del siglo XVI, el papa Julio II encargó al arquitecto Bramante la construcción de una nueva iglesia que reemplazara a la antigua basílica y que mostrara al mundo el poder y esplendor de la nueva Roma y de los papas que habían superado el
exilio de Avignon. La basílica se demolió completamente entre 1505 y 1613, aunque hoy, gracias las crónicas, los dibujos y las excavaciones arqueológicas, podemos conocer bastante bien su primitivo aspecto y la historia de su construcción.
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| Visión Nocturna de la Basílica |
La Basílica de Constantino
Hacia el año 320, se desconoce la fecha con exactitud, el emperador Constantino decidió construir una enorme basílica que sirviera para alojar el relicario de San Pedro, el primer Papa, y para que pudieran acudir a venerarlo miles de peregrinos.
El espacio elegido para su ubicación fue la colina Vaticana, en el lugar donde había estado situado un circo de Nerón en el que fueron sacrificados numerosos cristianos y, sobre todo, en el emplazamiento en que, según la tradición, fue clavada la cruz en la que se martirizó al apóstol. La ladera de la colina se allanó y el vasto solar resultante fue totalmente ocupado por la basílica cuya longitud interior era de 119 m, la nave central tenía 90 m de largo y 64 de ancho. A pesar de estas medidas, las obras avanzaron con gran rapidez, y se sabe que en el año 329 el edificio ya estaba terminado.
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| Tumba de San Pedro |
Además de un lugar para celebrar la misa, también era un martyrium y un cementerio, porque numerosos creyentes querían ser enterrados cerca del apóstol. Esta triple función determinó la singular planta del templo. Estaba dividido en cinco naves, la central más alta y más ancha que las laterales, pero en vez de estar rematadas con ábsides, tenían otro cuerpo transversal, una especie de crucero primitivo, algo totalmente inusual en las plantas basilicales. A este cuerpo se accedía a través de un arco triunfal que lo separaba de la nave central, y en él se albergaba la "memoria" del apóstol, es decir las reliquias. Éstas estaban guardadas en un monumento rodeado por una barandilla de bronce y cubierto con un baldaquino.
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| Baldaquino de San Pedro |
A la iglesia se accedía a través de un
nártex, similar al de todos los templos paleocristianos. Delante de él había un gran atrio porticado, en cuyo centro estaba el
cantharus, una fuente de bronce con forma de piña (del siglo II), protegida bajo un dosel espléndidamente adornado con columnas y relieves.
El Proyecto de Bramante
Como mencioné en el inicio, a principios del siglo XVI, Donato Bramante se hizo cargo de la demolición de esta magnífica basílica paleocristiana pese a las numerosas voces que se levantaron en su contra, y diseñó un nuevo templo. Sin embargo, el proyecto nunca se llevó a cabo tal como él lo concibió, ya que murió mucho antes de que las obras estuvieran terminadas; la dirección pasó por muchas manos hasta acabar en las de
Miguel Ángel.
De nuevo hay que recurrir a los dibujos para saber cómo fue el diseño original. Gracias a un plano sobre pergamino que se conserva en la Galería de los Uffizi de Florencia y a una medalla conmemorativa que mandó fundir Julio II el año 1506, sabemos que Bramante ideó un templo de gran simetría, como era lógico en época renacentista, de planta cuadrada, con una gran cúpula central y portadas en las cuatro fachadas; sobre cada una de ellas habría una cúpula, con lo que, contando con la central, serían cinco en total.
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| Tumba de Juan Pablo II |
Esta tipología recuerda bastante a la de las iglesias bizantinas, que el arquitecto tuvo que conocer en el norte de Italia. Parece como si, al plantearse el diseño del templo más grande de la cristiandad, hubiera vuelto sus ojos hacia Santa Sofía de Constantinopla. Y aunque nunca llegó a realizarse tal como estaba pensado, numerosos arquitectos menores adoptaron este modelo para proyectar pequeñas iglesias en la campiña romana.
Las obras comenzaron por la parte posterior del primitivo templo. Julio II permitió al arquitecto derribar todo lo que fuera necesario, con una excepción, le prohibió tocar la parte central, el lugar donde estaban las reliquias del santo rodeadas por una barandilla. Así que Bramante empezó a colocar los cimientos de los grandes pilares que habrían de sujetar la cúpula alrededor de esa barandilla. Todo lo demás fue destruido sin el menor respeto -los antiguos mosaicos paleocristianos, las pinturas de Giotto y de otros artistas del Quattrocento-, y lo que se salvó fue almacenado sin orden en los sótanos del Vaticano. Esta destrucción de tantas obras de arte provocó una fuerte oposición contra Bramante; dijeron de él "hubiera destruido a Roma entera y el Universo si hubiese podido".
Rafael, Sangallo y Miguel Ángel.
A la muerte de Bramante, muy poco estaba hecho. Las obras pasaron a la dirección del joven Rafael, considerado como el más fiel seguidor del proyecto original, porque había comenzado su carrera en Roma, bajo la protección del difunto maestro. Sin embargo, no consiguió avanzar mucho en los trabajos y a su muerte fue sucedido por Antonio da Sangallo el Joven, también discípulo de Bramante, del que adoptó su sobriedad. Él tampoco llegó a hacer grandes avances y, finalmente, a su muerte en el año 1546, el papa Paulo III decidió encomendar las obras al genio de Miguel Ángel pese a que éste, según cuenta su biógrafo Vasari "... rehusó diciendo, para excusarse de esta carga, que no era su arte el de la arquitectura. Finalmente, no admitiendo sus escrúpulos, el Papa le mandó que la aceptase, por lo que, muy contra su voluntad, tuvo que entrar en aquella empresa..."
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| Nave Central de la Basílica |
Miguel Ángel suprimió numerosos detalles del proyecto bramantesco, sobre todo multitud de torres y torrecitas que iban a enmascarar la cúpula y a restar sencillez a la iglesia, acercándola aún más al estilo bizantino o al gótico. También simplificó la planta, eliminando cualquier elemento accesorio que pudiera debilitar la construcción, sobre todo pórticos y aberturas que reducían la resistencia del muro. Y, fundamentalmente, lo que hizo fue dar mayor altura a la cúpula, deseoso de levantar una similar a la de la catedral de Florencia, aunque, según sus propias palabras, tenía claro que podría hacer "una cúpula más grande pero no más bella" que la de Brunelleschi. La cúpula llegó a ser el símbolo del Vaticano; su colosal altura de 131m domina todo el edificio.
Cuando el maestro murió (1564), su discípulo predilecto, Giacomo della Porta, continuó las obras, detenidas en el arranque de la cúpula, siguiendo al pie de la letra los detallados planos de Miguel Ángel. Únicamente alteró la linterna superior, enriqueciéndola y complicándola, al gusto del naciente estilo barroco. Este remate completa a la perfección la cúpula, convertida en modelo fundamental durante los siglos XVII y XVIII.
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| Cátedra de San Pedro |
La fachada también fue obra de Miguel Ángel, que modificó la de Bramante por considerar que estaba llena de pórticos y galerías que restaban sobriedad y clasicismo al edificio. Dispuso un ático horizontal de gran sencillez, ciñendo todo el conjunto en su parte superior; estaba sujeto por enormes pilastras corintias, entre las que se abrían ventanas y balcones. Sin embargo, tampoco tuvo tiempo de llevar a término estas ideas.
La aportación barroca
A principios del siglo XVII, ya en pleno barroco, la iglesia todavía no estaba terminada. Paulo V decidió que debía ser un templo con gran capacidad para los peregrinos, por lo que encargó a Carlo Maderna que prolongara el brazo principal de la cruz para configurar una planta de cruz latina. Este arquitecto, muy respetuoso con la obra de Miguel Ángel, alargó el pórtico con tres naves de escasa longitud, para que en el exterior no se perdiera la perspectiva de la cúpula. También se encargó de la fachada, concibiéndola como si se tratara de la entrada a un templo romano. En ella predomina la horizontalidad: el muro desaparece por la colocación de columnas y pilastras pareadas flanqueando las puertas de acceso. Sobre el entablamento dispuso el ático de Miguel Ángel, algo muy típico de la arquitectura manierista, dentro del cual embutió el frontón triangular de la entrada.
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| La Basílica abre sus brazos para recibir a emocionadas multitudes |
En 1629, el grueso del edificio ya estaba construido; se encargó de rematarlo el nuevo arquitecto de San Pedro, Gianlorenzo Bernini. Realizó innumerables estatuas para adornar tanto el interior como el exterior y diseñó el altar mayor y el baldaquino sobre la tumba de San Pedro, justo debajo de la cúpula. Este baldaquino está sujeto por cuatro gigantescas columnas salomónicas decoradas con vides, símbolo de la eucaristía, y abejas alusivas a la familia Barberini a la que pertenecía el Papa que lo encargó.
Más tarde urbanizó la plaza de acceso al templo, realizando una de las obras más características del barroco romano. A partir de la fachada se extienden dos tramos rectos, desde los que se abre un espacio elíptico, que en realidad es un impresionante deambulatorio con 296 columnas de diferentes órdenes, que sostienen 140 estatuas de santos. Bernini consiguió con esta disposición llenar de significado a la plaza: parece que ésta abre sus brazos para acoger a los peregrinos que de todas partes del mundo llegaban y siguen llegando para visitar el centro de la cristiandad.